El día en que un pirata arrasó con lo poco que quedaba de un otrora millonario

 Por: Juan Francisco Molina Moncada

 pacho_150792@hotmail.com

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El 26 de junio de 1996, bajo el cielo bonaerense, que tantas glorias ha consagrado dentro de diversos campos y disciplinas practicadas por el supuesto animal pensante- aunque en aras de la exactitud vale la pena resaltar el Barrio de Núñez- el Club Atlético River Plate se coronaba como campeón de América, llevando a sus atiborradas vitrinas la segunda Copa Libertadores de su historia.

Eran estas épocas bohemias de un club por excelencia copero, ganador, que en los últimos años, no obstante, empezó a ser abstemio, y a coleccionar fracasos además de decepciones deportivas, ¿el resultado de esto?….es simple, la historia escribió que el 26 de junio del 2011, 15 años después de lo reseñado, por primera vez en sus 110 años de existencia, el River Plate descendía a la Primera B Nacional, a la Segunda División, después de perder la repesca de la promoción ante el Belgrano de Córdoba, por un marcador global de 1-3.

Todo parecía ser una pesada broma, una de las “jodas” de Video Match, que disfrutan los televidentes del programa del famoso Marcelo Tinelli-a excepción de las víctimas de las bromas-, cuando se hablaba de la factibilidad de que River Plate compartiera habitación con aquellos equipos que desde los cimientos más humildes buscan cumplir algún día el sueño de disputar la Primera División; sin embargo con el paso del tiempo y de los resultados, aquel que otrora fuese un evento impensado y risible se fue gestando como una realidad que nació cuando el equipo de la banda roja cruzada empezó a agonizar, rumbo a lo que fue su primera muerte.

Hace tres años, en el Apertura 2008, River ganaba el que fuera su último título, el número 33, aunque precisamente fue posterior a su última visita al Olimpo que la escuadra millonaria empezó a labrar su largo camino de 3 años hacia el Hades; en el apertura 2008 los entonces dirigidos por Diego Simeone ocupaban el último lugar del torneo argentino, con una raquítica renta de 14 puntos.

En el clausura 2009 bajo el mando del “Pipo” Gorosito la escuadra de Núñez cosechó 27 puntos que le valieron ser octavos del torneo, campaña esta respetable comparada con la siguiente en la que “el millo” obtuvo 21 puntos que le valieron ocupar una magra posición número 14; gris asimismo fue el desempeño en el clausura 2010, cuando los discípulos en un primer momento de Leonardo Astrada y luego de Ángel Cappa obtuvieron 21 puntos, cantidad que en otros tiempos River cosechaba en la primera mitad de un torneo corto.

Los reseñados irregulares desempeños provocaron entonces que lo impensado comenzara a ser algo factible, pero aún desde un punto de vista probabilístico bajo, aunque River Plate andaba cada vez más cerca del precipicio, quizá sin darse cuenta que la muerte, dentro de su agenda de visitas, ya tenía inscrita en una escondida hoja la dirección del Monumental de Núñez…aún así, los dirigidos por Ángel Cappa, y luego por Juan José López con un buen apertura 2010-se hicieron 31 puntos-  hacían pensar que la promoción o en el peor de los casos , el descenso directo, eran eventos poco inminentes derivados de procesos cognitivos y emocionales que abusaban del fatalismo.

Llegaba la hora D (no D de descenso) con el clausura 2011, y la oportunidad de zafar de una vez por todas de lo que no dejaba de ser una incómoda piedrecilla en el zapato, que terminó siendo una gangrena que de a poco entorpeció el andamiaje de un River tan joven como inseguro, irresuluto e inofensivo, cuya última victoria fue conseguida el 30 de abril del 2011, ante el Racing de Avellaneda, y que desde entonces empezó a cosechar empates además de unas cuantas derrotas que fueron gestando algo que tras la fecha 19 se hizo realidad: Los millonarios tenían que jugar una nueva final, pero en esta ocasión no para quedar campeón, sino para mantener la categoría.

Parecía ser ese el momento en el que River de una vez por todas sacaría a relucir su casta y alcurnia, su luz, dentro de un opaco y nubado horizonte que se empezó a parecerse más al clima argentino de esta época-invierno-cuando el miércoles 22 de junio en Córdoba, Belgrano le endosaba dos goles, empezándose a consumar aquel día una hazaña que por entonces aún no se creía….hasta izquierdazos se tuvieron que propinar hacia sí mismos los hinchas de River para darse cuenta de que lo que vivían no era una desagradable pesadilla.

Aún así una oportunidad quedaba, y los ojos de los aficionados millonarios se encharcaron de la esperanza producida por el tempranero gol de Mariano Pavone que dejaba a los rojiblancos a un solo gol de acabar con toda su tensión y con una pesadilla que no obstante más se acentuaba cuando pasaban los minutos y River no se acercaba con la constancia suficiente para hacer entender que la luz al final del túnel era más candente, al menos visible, aunque si bien es cierto que pudo estarlo, si Sergio Pezzota hubiese decretado un penal a favor de los locales, posterior a una falta en contra de Leandro Caruso, ignorada al final por el juez central.

Pero fue en el segundo tiempo cuando el Monumental atestiguó dos hechos que lo dejaron tan frío como la Patagonia: el primero de ellos, el empate de Belgrano, anotado por Guillermo Farré, obligaba a los locales a anotar dos goles en 30 minutos, algo que hasta pudo ser soñado, si Mariano Pavone al minuto 69 no marraba un penal que se convertía en uno de los últimos salvavidas lanzados a un River que tocaba fondo, y que escuchaba como su parcialidad, incluso, ensayaba cánticos aregando el rápido ascenso del equipo de la banda cruzada.

Era todo esto una especie de otoño de un patriarca, de alguien que fue grande y que observaba como con un silbato el árbitro decretaba al minuto 89 el final de un partido que no pudo continuar, ante la inminente amenaza de una parte de la parcialidad encendida en medio del frío, las lágrimas y la impotencia de ver como todo se desmoronaba y como era realidad la sentencia de que River Plate empezaba a integrar el panel de la Primera B Nacional.

Posterior a ello se desencadenaron una serie de altercados y hechos violentos inenarrables dentro del contexto de un deporte cuya pasión jamás involucra las barbaridades que hicieron recordar una guerra civil, en la que las piedras, los palos, vidrios rotos y el fuego, marcaron el enfrentamiento entre la policía federal y algunos fanáticos de River que de forma inequívoca con esto pretendieron recuperar lo que quedaba de una millonaria fortuna cosechada a lo largo de 110 años y arrasada por un pirata cordobés, que envalentonado, logró su meta de regresar a jugar entre los grandes.

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